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De Corrientes al mundo

El poeta que bajó 135 kg, fue a la tv por sus escritos sobre la obesidad y es convocado para ayudar con su experiencia

Julio Fernández Froy, de 33 años, empezó a luchar contra su enfermedad en 2008, cuando pesaba 230 kilos.

Julio Fernández Froy, de 33 años, es correntino, pero vive en Formosa. Tiene varios títulos, pero su pasión es la poesía. Recientemente presentó en la Feria del Libro su obra “Todos somos poetas”. Es secretario general de la Sociedad Argentina de Escritores de esa provincia y su nota en televisión con Antonio Laje amplió su mensaje a lugares inesperados.

Julio empezó a luchar contra su enfermedad en 2008, cuando pesaba 230 kilos. Desde 2011 y hasta principios de 2018 bajó 40 kilos. En la actualidad celebra los 135 Kg descendidos. Tardó 20 años en conseguirlo y su perseverancia hoy le hace frente a los 90 kilos.

El dato angustiante es que, según el INADI, en 2018 el 7 por ciento de las denuncias fueron por discriminación al aspecto físico, y ese índice supera el promedio de 2016 y 2017. Es cierto, y Julio lo sufre: hoy le dicen “gordo”, con más o menos afecto. No sabe “si molesta”, dice, pero duele.

Y con su pluma escribió: “El estigma lastima, pero más se siente cuando la ignorancia cultural hunde el puñal, con doble filo. Cuando la sociedad cosifica a la persona, humilla y degrada, el sujeto pierde el nombre y pasa a ser un objeto. La herida ya está abierta: la culpa hace estragos. Para poder entender mínimamente lo que les pasa a las personas obesas, la base de la empatía es la compresión, nos concientiza Julio, y desde ese lugar se tiene que acompañar. Renunciar a las ofensas es un trabajo interior de la sociedad toda, y que se les debe a cada uno de ellos”.

Él mismo escribió:

Soy Poeta. Soy abogado. Soy docente. Soy cambista. Soy papá. Soy empresario. Pero NO SOY GORDO. La obesidad no me representa. No dice nada sobre mi, sobre los abrazos que se dar. Ni sobre quienes me han amado y he amado con locura quijotesca. No dice nada sobre las noches que he pasado en vela estudiando para superarme, o los días que caminé por todo mi pueblo vendiendo plantas cuando cometí el doble pecado de ser niño y pobre. Queridos amigos GORDO ES UN ADJETIVO, NO UN SUSTANTIVO. Define una apariencia, una característica, algo que le ocurre a alguien, como puede ser una cicatriz por un corte, no algo que haga a la esencia de una persona.

Pero siempre me han dicho Gordo. Con más o menos afecto. Siempre permití eso. Lo asimile hasta tan propio de mí, que llegó a ser mi carta de presentación. Casi un mérito. Las mujeres que enamoré era más valiosas porque lo había logrado con el lastre de mi sobrepeso. Mis méritos académicos o económicos eran más extraños y admirables porque cargaba con mis 200 y pico de kilos. Mi romanticismo, mi inteligencia, mis actos de malabarismo sexual... Todo más grandioso por ser hechos por mí. Una montaña andante.

Mi profundo amor propio, mi grandilocuencia, mi eficiencia, mi ambición, mi capacidad de confrontación y debate. Todo parecía más grande e increíble viniendo de mí. Casi un discapacitado. Para la gente verme siendo quien pretendía ser era como ver a un ciego pintando un cuadro. El prejuicio de los demás era mi mérito. Y también mi dolor.

Resulta amigos que nunca tuve la confianza que reflejaba. Y que, a pesar de toda mi aparente soberbia y opulencia, siempre amé las cosas sencillas de la vida que se me negaban. Atarme los cordones era una hazaña tan grande que durante toda mi vida adulta me convencí que los mocasines eran un acto de útil elegancia. Y que a las mujeres les gusta mucho más estar arriba de los hombres por que las empoderaba. La conveniencia argumentativa hace reprochable y ridículo casi todo lo que pensamos los hombres. La verdad es que del miedo y el dolor que vienen con el prejuicio solo sentí la carga del segundo. El primero nunca permití que me controlara. Y por un defecto de personalidad casi nunca dejé que el último me dominara del todo. Pero que los tenía, Dios, claro que los tenía.

Porque a todos los que sufrimos de obesidad nos duele. Dejar de ser un sujeto y pasar a ser un objeto. Un escombro de una obra derruida que donde sea colocada molesta. Algo de lo que se habla y no alguien con quien se habla. A todos nos ha ocurrido que hablan de nosotros, de la fuerza de voluntad que nos falta, de las dietas que deberíamos seguir, de los tratamientos milagrosos que nos perdemos como si no estuviéramos ahí. Como si no fuéramos más que un incidente menor ante el gran tema que es nuestra obesidad.

Y la verdad es que nadie nunca ha sufrido obesidad por un acto de expresa voluntad. Al Menos que yo pueda imaginarlo, sin duda yo nunca he conocido nadie. Nadie pasa por lo que yo he pasado por mero placer de hacerlo. Y muchos han pasado por lo mismo.

Muchos saben que he bajado más de 100 kg. Pero muchos quizás no. Hace unos días llamé a un cliente de los muchos que tengo y cuando me presente y no me identificó mi primera reacción fue decirle… soy el gordo enorme… y me corregí inmediatamente, le dije bueno era el gordo enorme. Y saben que? Un rato después fui al baño y lloré. Lloré porqué hablo muy lindo y escribo casi que mejor. Pero igual sufro. Lloré por todas las cosas que no hice en mi vida. Por las veces que podría haber compartido con mi hija y no lo hice. Por las veces que permití que me humillaran, y por las veces que inocentes pagaron con humillación el costo de mi dolor. Lloré porque aun sacándome el estómago y esos 100 kg el dolor sigue dentro mío. Y porque me he pasado la vida siendo lo que veían de mí. Hoy menos gordo no se bien dónde pararme.

Y entonces escribo, con la esperanza de darles voz a quienes la Necesiten para que profanen mis palabras y las usen como propias. Para permitirme ser algo más que gordo. Ser su amigo, su voz, su poeta, su barihermano. En fin, ser algo más que un rol impuesto por la biología. Quiero ser canción queridos. Canten conmigo.

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