Opinión
Democracia, constitución y república

Reflexión sobre la realidad y el sistema institucional

Armando Rafael Aquino Britos, docente UNNE.

Por Armando Rafael Aquino Britos (*)

1.La democracia constitucional:

Asistimos a una 4 generación de derechos constitucionales. Fue impulsada por el feminismo – en la más noble expresión- y la revolución informática que produjo la transformación del mundo en una aldea global, sin fronteras ni tabiques que impidan la comunicación y fluida información. Se achicaron distancias y se acortaron los tiempos.

El feminismo, porque a la libertad, igualdad y fraternidad de las otras tres generaciones de derechos anteriores, le aportó la nota de pluralidad y diversidad, generando igualdad real, avanzando sobre el machismo como expresión autoritaria y logró la igualdad real de oportunidad y terminar con el flagelo de la discriminación.

El diseño que ampara y defiende los derechos – en el plano nacional e internacional- plasmado en el bloque de constitucionalidad federal (art 31 y 75 inc. 22 de la Constitución nacional) más la Carta Democrática de la OEA nos enseñan que: solo a través, en y con la democracia como sistema político se pueden satisfacer todos los derechos, sobre todo los de los sectores más vulnerables, que los Estados asumieron el compromiso de satisfacer.

La democracia constitucional implica que todos los derechos- de todos y cada uno de los integrantes de la sociedad- deben garantizarse mientras que el gobierno está en manos de una mayoría circunstancial que debe inexorablemente respetar, satisfacer y garantizar.

Este concepto se refuerza con la llamada democracia digital donde ser permite una participación y control social de la cosa pública, donde el derecho a la información cumple un rol fundamental.

El escrutinio de los actos y acciones colectivas es más fluido y fácil. Y junto a los medios de comunicación tradicional, el individuo también es consumidor y productor de contenido informativo, permitiendo la libertad de expresión y la búsqueda de la verdad.

2.Grandes avances, viejos vicios:

La dinámica del mundo actual cambió. Ahora la dinámica es segunda a segundo. La necesidad de una constante información genera dificultades.

Los viejos defectos del alma humana hacen lo suyo. Se relativiza la verdad, y el rumor se apoya en la calumnia para ganar más rápido y a cualquier precio.

Es la posverdad. Se apela a las emociones y no a la reflexión; se exacerba el morbo y no el análisis crítico; se quiere creer lo peor y así se esfuma la verdad: es la era de la posverdad de la posmodernidad.

La forma y modo de relación institucional también cambió: la comunicación ya no es directa ni ante el conjunto de personas, sino por medios digitales. La gráfica parece una antigüedad que integra un museo.

La participación es “on line” y no en las calles o en las plazas como forma de expresar una opinión, y pareciera que quien no tiene acceso a estos medios de comunicación (teléfonos celulares, notebooks, etc.) están “off line” que es lo mismo que decir “off side”: fuera de juego.

Esto afecta la democracia constitucional, cuando estos avances propios de la revolución tecnológica y científica debería fortalecerla, se degrada pues la emoción o impresión y termina valiendo más que la verdad, no hay espacio para la reflexión y entonces la “fake news” -o mentiras falsas- hacen estragos.

Los partidos políticos como espacio de pensamiento fueron vaciado y se insta a su desaparición

Los militantes políticos son reemplazados por “trolls” o “bots” que infectan los medios de comunicación de todo tipo, y cuando la verdad logra imponerse, carece de efectividad, igual que la justicia cuando llega tarde.

La democracia - como forma y de vida y de gobierno- debe apoyarse en las instituciones, en normas, y la verdad debe ser un elemento indispensable para la formación de un juicio que conformara la opinión pública y con ello la expresión de la voluntad popular. Para todo.

3.Constitución y República:

A modo de obligada letanía vale recordar que nuestro sistema persigue como finalidad: la dignidad del hombre, cual utopía evolutiva, y se apoya en el principio político: de la soberanía popular y en el principio jurídico: del imperio de la ley (la Constitución como ley suprema). Y los medios genéricos para satisfacerlos son: división del poder en distintos órganos que se controlan recíprocamente; diferencia entre poder constituyente y poder constituido; periodicidad de las funciones; publicidad de los actos de gobierno; responsabilidad de los funcionarios públicos; Poder Judicial independiente y prensa libre.

La Constitución obliga y condiciona a todos, impregna, satura e invade- como deber ser – los comportamientos públicos y privados.

Es norma de orden público, suprema y condicionante; genera orden, paz social, bienestar general, coadyuva a la unión nacional pues con su cumplimiento se afianza la justicia y se aseguran los beneficios de la libertad.

El Ejecutivo administra, el Congreso legisla, el Poder judicial aplica la ley y asegura la supremacía de la Constitución y con ello hace de tribunal de garantías constitucionales.

Esta sociedad volátil y liquida cimentada en la fluidez de la información, debe cuidar con más ahínco el cumplimiento de la ley y el funcionamiento de las instituciones. Utilizar bien y mejor los beneficios de esa información fluida y de fácil obtención y que la revolución de la comunicación e información nos permite.

Las relaciones o el “diálogo” institucional que marca la Constitución, no deben perderse jamás.

Desde el actual Poder Ejecutivo se fagocita el camino inverso. La unión nacional se troca por la división entre réprobos y elegidos. Se instala el discurso del odio y se desprecia a quien se cree o piensa distinto.

Los beneficios de la libertad son para los pocos que sobreviven a una situación económica grave, cuya causa viene de antigua data, pero lo soportan y padecen los sectores más vulnerables de la sociedad, con lo que se destruye la igualdad que reconoce la Constitución.

No se advierte que el deterioro padecido desde 1989 a la fecha se debe a que sobró corrupción y no porque faltaran libertades.

Sobró impunidad y falta justicia, principalmente sobre los poderosos que sortean la ley con fuertes complicidades o silencios que aturden.

Tan grave esta realidad como la ficción de un mundo virtual que pretende suplantarlo.

En ese mundo virtual el presidente libertario apela al like y al mensaje de texto. Descree de la obligación de proponer leyes. Su actividad se cimenta en gritar consignas, reducidas en pocos caracteres en las redes sociales, pero con alto contenido agresivo, descalificador e insultante.

Los memes suplantan a una explicación y fundamentación de los actos de gobierno. No se advierte que mundo real es distinto al mundo virtual

La función institucional manda y obliga a otro comportamiento que la condiciona, aunque pretende estar por, sobre todo, incluso de la Constitución.

Pareciera que se pretende modificar la Constitución con “TikTok” suprimir las instituciones por “Twitter – hoy X-, mientras la realidad duele, más allá de las apelaciones a las emociones.

La estimulación a la “anomia” no nos debe vencer. Apelar siempre al cumplimiento irrestricto de la Constitución y el respeto al funcionamiento de las instituciones conforme a lo que ésta determine, es lo que nos hará libres en serio.

La tiranía de uno, o la tiranía de muchos en nombre de todos, es la negación misma de la libertad.

(*) Docente UNNE.

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